Hoy
salimos un poco más tarde, no recupero el sueño porque me estoy acostando
tarde. Pero no importa salimos igual, con la cámara cargadita esta vez, y menos
frío que ayer.
El desayuno como siempre un espectáculo, hoy: queso con aceitunas
verdes y negras, un sabor muy cercano al aceite de oliva.
Partimos a Eminönü
nuevamente a ver lo que nos falta. Arrancamos buscando el bazar de especias,
caminamos para arriba y para abajo, hasta que otros turistas nos indicaron
donde estaba y resulta que había sido lo primero que cruzamos. En el primer
paso que di adentro del comercio se metió el aroma de los condimentos y
especias por los poros, se me impregnó como un llamado a la cuisine. Empezamos
con las muestras gratis de los turkish delight (delicias turcas) y me terminé
comprando una cajita para mí. Pero la variedad de tés y sus aromas tan potentes
me cautivaron. Empecé comprando unos de limón y una cajita de granada después. Saliendo
del gran bazar todavía quedaban unos puestos de quesos, aceitunas, y verduras,
casi nos perdemos las muestras gratis de quesos! Esto es un paraíso. Pero
necesitaba parar a descansar un poco, así que paramos en un restaurante típico.
Muy lindo, tenía las paredes con ladrillo al descubierto, estantes de madera
oscura y luces amarillas cual túnel subterráneo de las cruzadas. El mesero nos
trajo arrollados al estilo libanés relleno de verduras y yo pedí un jugo de
naranja. Delicioso. Antes de irnos el mesero nos sorprendió con té turco de
manzana “on the house”, yo creo que es porque la estaba fichando a Sara, lo
cual fue mi excusa para llamarla “free food” otra vez.
Salimos
más felices que perro con dos colas. Rumbo a la "Blue mosc" (estoy multilingüística), hoy sí
teníamos que entrar. Y así fue, es increíblemente gigante y con esos adornos y
decoraciones abundantes en paredes, techos y alfombras. Se puede llegar hasta la mitad porque el resto está reservado para musulmanes masculinos, ya que las mujeres deben adorar en la parte de la entrada. Hacia los costados está reservada con paneles que la separan del resto del templo.
Pero después de todo
pensé que tendría algo más de especial. A mi parecer por fuera es mucho más
impresionante y cautivadora que por dentro.
Salimos hacia uno de los lados justo un rato antes del momento de oración y
nos topamos con el hipódromo y los obeliscos robados de Egipto por el sultán. Desde ahí vimos como la luna se
veía justo al lado de Hagia Sofía y era un paisaje espectacular con la fuente y el
juego de colores. Salimos corriendo a sacar fotos otra vez.
De
vuelta hacia la casa vimos en uno de los restaurantes a una mujer amasando detrás de las vidrieras ese pan chato y amplio, sentada junto a una mesa enana, unos
vendedores de turkish delight nos invitaban a probar sus productos al compás de
la música, y otros vendedores trataban de llamar nuestra atención con piropos
creativos. ¡Qué adorable lugar!
Agotadísimas
del viaje nos subimos al bote y después a un colectivo que encontramos gracias a una chica que hablaba ingles (Achbank!!*). Tratamos de no quedarnos
dormidas en ninguno de los dos, pero el sueño quería ganar la pelea.
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